Spiralling
7:10 AMEn este preciso instante yaces sobre la mesa de un quirófano.
Imagino, por la hora que es,
que estarás ya bajo los efectos de la anestesia.
Quisiera estar allí, pero una vez más las circunstancias me lo impiden.
No hay cabida aquí ni a elecciones ni opciones.
La tiranía del dinero se ceba conmigo una vez más.
No hay aviones ni hoteles en los que acompañarte.
Está la soledad de la espera, de la incertidumbre, de la impotencia.
Estoy yo, mirando una y otra vez el vídeo que me regalaste…queriendo ser el mar.
Si yo pudiera ser el mar from arcana inopinatum on Vimeo.
Ironía
1:40 PMRecojo mis maquillajes y los dispongo en un orden casi mecánico. Saco el delineador, el rímel y los botes necesarios para poder conseguir ese gris que tanto me gusta regalarle a mis párpados.
Busco, en el sobre que los contiene, un pequeño espejo metálico que se empeña en decirme que lo haga cada día.
Da igual para quien. Sólo cogerlos y usarlos, sin más. Sin cuestionamientos.
Es mi particular terapia.
Por un tema de coquetería, jamás me permitiría llorar y arruinarlo.
A veces la táctica funciona, otras, vuelvo a maquillarme como un empeño vano por borrar el dolor.
Alios ego vidi ventos; alias prospexi animo procellas
10:10 PMEstás limpiando las ventanas y, mientras lo haces no consigo evitar el abandonarme a la idea de poner mi lengua contra el cristal como un vano intento de retener tu sabor en mi memoria.
Ayer hablábamos acerca de cómo llevábamos cada una el duelo tras una ruptura sentimental. Extraño tópico para quienes no llevan juntas ni un año. Pero así somos tú y yo.
Debatimos acerca de los soportes emocionales, de certezas, de miedos y del deseo de volver a renacer tras el quiebre.
-"Tú no llevas la soledad"- Dijiste sentenciándome a una verdad irrefutable.
Entras al salón, rumbo al ordenador...Te escucho bostezar mientras te paseas por la red. El aburrimiento y la rutina se nos cuelan por cada rendija de esta casa.
Luchamos como mejor podemos porque no ocurra, pero ni tú ni yo estamos bien. Somos plenamente concientes de ello y aún así seguimos. Cada una por razones propias más que compartidas.
...
1:19 AMUna vez más la distancia me restriega la impotencia de no estar. Se me mezcla la espera con la incertidumbre, constituyendo un brebaje agrio por demás.
El anuncio de una videollamada entrante vía skype consiguió que el maldito betabloqueante que tomo para las arritmias dejará de funcionar. Era mi hermano:
-"Estaba casi llegando a casa, después de haber recorrido unos cuatrocientos kilómetros, me detuve porque sentí sueño. Aparqué en una salida de la autovía para poder dormir un poco.
Después de dos horas me fui a una gasolinera en busca de un café. Seguí ruta. No pasaron ni quince minutos. Iba a 120 km/h. Me dormí. Dí un volantazo buscando salir de la carretera. Perdí el control del coche. Dí tres vueltas de campana. Pero tranquila que estoy bien. No me pasó nada."- Dijiste intentando no denotar ni un ápice de debilidad en tus argumentos.
Sin embargo, mi fértil imaginación se subió al coche contigo, sintió el sueño como una pesada carga que no permite centrarse en la conducción.
Dio cada uno de esos malditos tumbos que rompieron tu más preciado bien. Sintió tu miedo a perder los dientes al notar que tu boca estaba llena de trozos de cristal. Vio el pánico al imaginar tu cara deformada por llevar la ventanilla abajo, la misma que hacía un rato te regalaba la brisa.
-
Amantes sunt amentes
6:36 PMLa cama de una pensión en un pueblo perdido de Ávila fue nuestra huida de la realidad.
Su cuerpo me mostraba una y otra vez mis ya agonizantes dotes de seducción. Tres días de lujuria extrema de una niña jugando a ser mujer o viceversa.
El veneno de su juventud se paseaba por mis humedades con el descaro de quien se sabe correspondido.
Ella me inspiraba con su desnudez, con su muda presencia.
Sobraban la agotadora percepción del dolor, sus padres y mis circunstancias y, aún así, sabía que tenía que confrontar la reacción de la persona con la que había estado los últimos tres años. Aquel ser que en un estallido violento rompió mucho más que una mesa.
Tras un extraño acuerdo, decidimos que lo mejor sería que siguiéramos compartiendo el piso de Madrid. Tres habitaciones para tres mujeres que querían ocupar sólo dos. Una para ser inundada con los gemidos ahogados de quien no quiere ser oído y la otra peligrosamente rebosante de desolación.
La evolución de la dolencia en mi rodilla dictaminaba la sucesión de acontecimientos que ocurrirían.
Después de un año de convivencia que no fue tal, mi nueva compañera y yo alquilamos una habitación cercana al Paseo de Extremadura.
El lugar lo regentaba una mujer peruana que, al enseñárnoslo, nos hizo un exquisito tour por un salón con un sofá que usaban dos estudiantes italianos de artes circenses como cama y una cocina llena de cucarachas y platos sucios. Daban buena cuenta de que el apuesto chico del pantalón de ciclista que nos saludaba al pasar no era más que un bonito envoltorio.
Al igual que nuestro vecino más inmediato, con quien nos lográbamos comunicar a través de un cuadrante de limpieza que ilusamente colgábamos en la pared del comedor.
Pasábamos largas horas inventando estrategias para salir de allí, pero la inestabilidad laboral y emocional jugaban en contra de nuestros planes.
Bares, salones de juego, cafeterías y hasta una fábrica en la periferia formaron parte de lo que se nos ofrecía como posibles trabajos.
Mi rodilla empeoraba limitando mis decisiones aún más si cabía.
El otro lado
9:56 AM
Ni el tren de cercanías, ni el avión, ni el taxi de camino a casa fueron testigos de nuestros diálogos.La espera hasta que bajara el ascensor ponía todo aún en más tensión.
Las muletas y que ella tuviera que cargar con todos los bártulos me carcomían a la par.
Estaba dando patéticos saltos entre lo que había sido y en lo que me estaba convirtiendo.
Mi mente me llevaba hasta aquellas veces en que me escapaba con mi prima a escalar alguna montaña, a mis ataques de rebeldía suprema en que me quitaba la camiseta y dejaba mis pechos libres contactándose con el viento.
Mi pelo alborotado me guiaba hasta aquellas noches en que me dejaba llevar por la música hasta casi fundirme con ella. Miradas cómplices...la seducción servida. Excesos por doquier. Vacíos infinitos.
-"Túmbate, estarás más cómoda"- Dijo sacándome de golpe de mi viaje mental.
Sin ganas ni capacidad de decidir me recosté sobre la cama. Ella salió de la habitación.
La voz de Ismael Serrano salía de los altavoces con un volumen tan elevado como la rabia que la estaba embargando. Aún me amaba, según ella.
Por la mañana, al desayunar noté que estaba extraña. No quise preguntar, por eso de no agobiar.
Su puño rompiendo la encimera de la mesa del salón me advertía de lo limítrofe de la situación. Intenté mantener la calma y tranquilizarla. Me levanté como pude sin las muletas y le sujeté las muñecas. Se estaba haciendo un daño del que no era consciente.
Me empujó y salió rumbo a su trabajo, llorando.
Llamé a su padre y le conté lo que había ocurrido. Sabía que lo que menos necesitaba en ese momento era estar sola.
Al colgar el teléfono decidí que lo mejor sería tomar distancia y pensar en lo que había ocurrido.
Tuve miedo. Sentí la desolación como una pesada carga. Necesitaba huir, daba igual dónde.
Cogí el móvil e intente explicar, entre sollozos, la escena presenciada. Acababa de conocerla y no tenía más opción que quedar en evidencia.
................................................
*The other side.
Animus confidenti
10:48 AM
En el hotel, las dos camas de la habitación nos recordaban un tácito acuerdo. La mesilla que las separaba evidenciaba aún más nuestro distanciamiento, si cabía.
Colocamos nuestras pertenencias y decidimos que lo mejor sería empezar la travesía con unas copas en el balcón.
Su silla y la mía estaban enfrentadas como una señal no verbal de lo que allí ocurriría.
Nuestros diálogos revelaban sin piedad hasta el punto en que habíamos dejado de sentir, pero a pesar de todo acordamos seguir compartiendo piso.
Tras sellar el pacto, salimos de la habitación. Buscábamos menos intimidad, sin duda.
Al bajar las escaleras para acceder al vestíbulo, noté que mi pierna estaba entumecida, pero preferí no decírselo. No me parecía relevante como para preocuparla. Me gustaba jugar a que era la misma de siempre y que ella se inventara que me lo creía.
Las empedradas cuestas que alguna vez me habían extasiado, esta vez me sugerían un obstáculo de difícil escaqueo. Las muletas rompían del todo mi estética presencia. Las odiaba casi tanto como a mi rodilla.
Nuestro destino era la terraza de un bar justo enfrente de la playa.
Tras encender un cigarrillo, decidí que lo mejor sería contarle que había conocido a alguien más. Le dí los detalles justos. Fue una estocada limpia. Sin rodeos. Ella, incrédula, decidió pedir una botella de Lambrusco, mientras el vaivén de las olas mecía nuestras agotadas conciencias.
El timbre de mi móvil con una llamada entrante nos ponía de bruces ante nuestro frágil equilibrio.
- Es ella...debo responder, discúlpame.- Le dije con una voz que aparentaba más tranquilidad de la que en realidad tenía.
Apurando la copa cada vez más, intentaba mostrarme que nada de lo que en ese lugar estaba ocurriendo le afectaba.
Tras un breve intercambio de ideas, colgué.
Me quedé observándola un largo rato sin saber qué decir, mientras ella me comentaba lo agradable que le parecía el camarero.
Ni mi rodilla iba mejor, ni mi situación emocional. Era dolorosamente consciente de ello. Me sabía sentenciada, una vez más, por las circunstancias.
Colocamos nuestras pertenencias y decidimos que lo mejor sería empezar la travesía con unas copas en el balcón.
Su silla y la mía estaban enfrentadas como una señal no verbal de lo que allí ocurriría.
Nuestros diálogos revelaban sin piedad hasta el punto en que habíamos dejado de sentir, pero a pesar de todo acordamos seguir compartiendo piso.
Tras sellar el pacto, salimos de la habitación. Buscábamos menos intimidad, sin duda.
Al bajar las escaleras para acceder al vestíbulo, noté que mi pierna estaba entumecida, pero preferí no decírselo. No me parecía relevante como para preocuparla. Me gustaba jugar a que era la misma de siempre y que ella se inventara que me lo creía.
Las empedradas cuestas que alguna vez me habían extasiado, esta vez me sugerían un obstáculo de difícil escaqueo. Las muletas rompían del todo mi estética presencia. Las odiaba casi tanto como a mi rodilla.
Nuestro destino era la terraza de un bar justo enfrente de la playa.
Tras encender un cigarrillo, decidí que lo mejor sería contarle que había conocido a alguien más. Le dí los detalles justos. Fue una estocada limpia. Sin rodeos. Ella, incrédula, decidió pedir una botella de Lambrusco, mientras el vaivén de las olas mecía nuestras agotadas conciencias.
El timbre de mi móvil con una llamada entrante nos ponía de bruces ante nuestro frágil equilibrio.
- Es ella...debo responder, discúlpame.- Le dije con una voz que aparentaba más tranquilidad de la que en realidad tenía.
Apurando la copa cada vez más, intentaba mostrarme que nada de lo que en ese lugar estaba ocurriendo le afectaba.
Tras un breve intercambio de ideas, colgué.
Me quedé observándola un largo rato sin saber qué decir, mientras ella me comentaba lo agradable que le parecía el camarero.
Ni mi rodilla iba mejor, ni mi situación emocional. Era dolorosamente consciente de ello. Me sabía sentenciada, una vez más, por las circunstancias.
La Miss
11:20 AMComo mi dolencia no cedía, nos vimos obligadas a buscar un piso con ascensor. Madrid y su Puerta del ángel se nos abrían de par en par para intentar recuperar lo que íbamos perdiendo a cuentagotas, casi sin darnos cuenta.
Mi primer fallo fue pedirme una habitación diferente a la suya, por no interrumpir su descanso con mi insomnio. La incomunicación y los rencores se fundían implacables.
Su ausencia me llevó a procurar voces ajenas, así que inventé un personaje que se vestía de labia en un chat.
Conocí tantas mujeres como me permitía la sala de un general que no paraba de especular acerca de mi probable aspecto físico.
La tribu virtual se dividía entre las que conocían la canción de la que se derivaba mi nick y las que ironizaban acerca de mi título de Miss.
Privados que terminaban por desconectarme una y otra vez y reiniciar el ordenador para no perder detalle formaban parte de mi rutina.
Me estaban tratando con opiáceos y mi lucidez era tan furtiva como el efecto analgésico deseado.
Los guiños del messenger se me antojaban tan reales como yo lo deseara. Las imágenes que me ofrecía la webcam hacían que mis pupilas se dilataran ante la exquisitez del espectáculo presenciado.
Las únicas salidas de mi cuerpo eran las de ir a la farmacia de guardia, al médico o a urgencias, pero mi alma sólo tenía los límites de la banda ancha.
Aquel año tuve la pierna con escayola más veces que sin ella.
Subí la escalera narcótica hasta llegar a la morfina y nada. Cada dolor que me desgarraba me inundaba aún más de impotencia. Me superaba, me abandonaba, me perdía.
En un agónico intento por rescatarme del pozo en el que me estaba sumiendo, mi pareja me propuso hacer un viaje a Sitges.
Acepté y preparé todo por Internet como una forma de decirme a mi misma que mi rodilla ya no me hacía falta.
Metí en mi bolso las vendas elásticas que jugaban a ser mi segunda piel y mi ropa. Sabía que el reencuentro con aquellas calles me devolverían la entereza de aquella mujer que alguna vez fui.
Insensibilidad efímera
9:12 AM
Al salir del quirófano, mis desvaríos se paseaban por las oscuras calles del éter y el cloroformo.
Esa suerte de hipnosis ósea se fusionaba a la perfección con mis ineludibles ganas de fumar.
Esto último, unido a mi impetuosa personalidad, fue lo que provocó que exigiera (con la soberbia que me inundaba al volver a sentirme la que era) que me trajeran una silla de ruedas para poder salir a fumarme un cigarrillo en los jardines de la clínica.
Cada calada me regalaba aún más intranquilidad. Sabía que la rehabilitación era incompatible con el poco tiempo del que disponía para estar con un mágico ser con el que mi alma se embriaga una vez al año, desde hace seis.
Su sonrisa dando saltos sobre la cama elástica se multiplicaba al ver que mi rodilla parecía estar dando claras muestras de ilusa mejoría.
De tanta algarabía, la tarde terminó con nuestros cuerpos sumergidos en una piscina situada en un valle tan sublime como los momentos que me estaban dando.
Transcurrieron los días entre mis breves reposos con la pierna encima de una silla y el goce que me regalaba su presencia. Mi narcotizada articulación pasaba así casi inadvertida.
Sin embargo, mi inexorable partida estaba cerca...un avión me devolvería a mi escogido exilio una vez más, devolviendo a mis días la sempiterna condena de saberme tan vulnerable.
Acababa de salir de una depresión, por lo que mi frágil estado me debilitaba aún más.
Las cicatrices de mi alma distraían su atención en la extraña molestia que me seguía aquejando, por lo que decidí pedir nuevamente una cita a mi médico de cabecera.
Salí de la consulta con un abanico de recetas que no lograban mitigar mi dolor más que a ratos, dibujándose así un largo peregrinar en búsqueda de alguna solución.
Esa suerte de hipnosis ósea se fusionaba a la perfección con mis ineludibles ganas de fumar.
Esto último, unido a mi impetuosa personalidad, fue lo que provocó que exigiera (con la soberbia que me inundaba al volver a sentirme la que era) que me trajeran una silla de ruedas para poder salir a fumarme un cigarrillo en los jardines de la clínica.
Cada calada me regalaba aún más intranquilidad. Sabía que la rehabilitación era incompatible con el poco tiempo del que disponía para estar con un mágico ser con el que mi alma se embriaga una vez al año, desde hace seis.
Su sonrisa dando saltos sobre la cama elástica se multiplicaba al ver que mi rodilla parecía estar dando claras muestras de ilusa mejoría.
De tanta algarabía, la tarde terminó con nuestros cuerpos sumergidos en una piscina situada en un valle tan sublime como los momentos que me estaban dando.
Transcurrieron los días entre mis breves reposos con la pierna encima de una silla y el goce que me regalaba su presencia. Mi narcotizada articulación pasaba así casi inadvertida.
Sin embargo, mi inexorable partida estaba cerca...un avión me devolvería a mi escogido exilio una vez más, devolviendo a mis días la sempiterna condena de saberme tan vulnerable.
Acababa de salir de una depresión, por lo que mi frágil estado me debilitaba aún más.
Las cicatrices de mi alma distraían su atención en la extraña molestia que me seguía aquejando, por lo que decidí pedir nuevamente una cita a mi médico de cabecera.
Salí de la consulta con un abanico de recetas que no lograban mitigar mi dolor más que a ratos, dibujándose así un largo peregrinar en búsqueda de alguna solución.

